Había una vez un país con una bandera de tres colores. El país estaba prácticamente en pañales, con un nuevo sistema político, avanzando poco a poco, con leyes que prometían poner a la nación a la altura de otras mucho más progresistas y avanzadas. Pero un día, la gente empezó a discutir, los que un día fueron amigos empezaron a separarse, separando sus ideas y minando sus fuerzas ante un enemigo que aprovechó este estado de confusión para hacerse con el país. Empezó una guerra muy larga en la cual, como si todos estuviesen locos, se mataban entre amigos y entre hermanos. Un día esta guerra acabó, de repente desapareció uno de los colores de la bandera y el país se volvió triste y gris, como grises eran los uniformes de los guardianes que velaban porque todos los habitantes del país pensaran como el nuevo tirano quería que lo hiciesen. Hubo gente que confió en acabar con el tirano. Muchos lo intentaron, pero todos fracasaron, hasta que un día, muchos años después, el tirano, ya viejo y decrépito, murió. Se armó un gran revuelo en el país, pues estaba sin nadie que lo gobernara y sus habitantes no querían permitir que volviera a pasar lo de antes. El tirano, antes de morir habló con un descendiente de un antiguo rey para que pasase a reinar el país cuando él no estuviera. Entonces, este joven, en compañía de un montón de gente con ideas muy diferentes se pusieron de acuerdo para crear un nuevo gobierno en el que se respetara a todo el mundo, fuesen como fuesen y pensaran lo que pensaran.
Y así empezó una nueva etapa. Pero de nuevo la gente en el reino se volvió loca y aparecieron dos tipos de gobernantes: los rojos y los azules, que no sólo se colocaban al mando del país, sino también en todas y cada una de las localidades que lo conformaban. Por desgracia, el país no conseguía avanzar. Los rojos y los azules jugaban al perro y el gato, anulando unos las leyes que creaban los otros, volviendo al pasado cada vez que se avanzaba un poco. Para colmo, apareció una afección muy grave que se contagiaba tanto a los rojos como a los azules. Se trataba de una enfermedad que afectaba a todos aquellos que llegaban a gobernar en algún momento. Sus principales síntomas eran la codicia y el egoísmo y apenas había unos pocos casos aislados capaces de resistirla, cada día menos. Y así pasaron los años y llegamos a nuestros días. Hoy el joven que eligió el tirano sigue sentado en el trono y el reino está gobernado por los azules. Los días pasan desde que estos cogieron el mando y, misteriosamente, este nuevo gobierno está rememorando algunas cosas que pasaron en el país hace muchos años. Se aprueban leyes que hace años ya quedaron anticuadas, la gente sale a la calle a protestar, con miedo a que puede que en algún momento pierdan el derecho a hacerlo y, curiosamente, se ha dado un fenómeno muy extraño. En el este del país, hace poco, volvieron a aparecer los guardianes grises que velaban por detener a los que no pensaban como el tirano hace tantísimos años.
Este cuento narra la historia de ese país del que apenas quedan dos colores de la bandera de lo que fue. Un país que, sin duda, ha progresado desde entonces, pero que se empeña en dar pasos atrás cada cierto tiempo, como si no tuviese derecho a avanzar como los demás. No sé si este cuento debe ser contado. Mucha gente en la nación que describe la historia dice que no se debe recordar ni remover el pasado, pero, por alguna razón, se empeñan en revivir algunas cosas de éste. Esa es la paradoja de este país, señores. Es la paradoja de España.
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