-No son gigantes, señor. ¡Son molinos!
¡Maldito loco! No le hacía ni caso. Santiago no había recorrido tantos
kilómetros para servir a un viejo descerebrado con ínfulas de caballero. No
sabía como, pero siempre acababa rodeado de locos. Aún recordaba al capitán
Nemo. Ese sí que era un verdadero personaje. Aunque cierto es que con él vivió
magníficas aventuras. En el fondo eso era lo que él quería. Desde que en su
viaje a Verona viera el trágico final de dos jóvenes enamorados decidió que
prefería la aventura, conocer sitios nuevos y recónditos. En búsqueda de
aventuras decidió hacerse marinero y se enroló en la tripulación del Pequod.
Fue feliz en ese barco, aunque descubrió que cazar ballenas era algo que no
estaba hecho para él. Por eso decidió conocer nuevas tierras, pero la suerte
quiso que en la búsqueda naufragara y acabara en una isla perdida. ¡Sí! Pasó
buenos momentos allí, con su único amigo, un caníbal al que llamó Viernes. Sin
embargo ahora necesitaba experiencias más tranquilas. Ya iba teniendo una edad.
Por eso había decidido servir a ese tal Alonso Quijano. Aunque le resultaba
irritante le sería fiel hasta el final, como había hecho con todos los amigos
que había conocido a lo largo de sus viajes. Después tenía previsto viajar a
una ciudad llamada Vetusta, donde cuentan que vivió una mujer valiente, cuya
historia vale la pena conocer.
-¡Santiago, a comer!
Era su mujer. Ella sí que era una mujer valiente, capaz de afrontar con
él el desahucio que estaban a punto de sufrir, capaz de encontrar siempre algo
para que ellos y su hijo pudieran comer. Y siempre con una sonrisa. Habían
perdido su trabajo y a punto estaban de perder su casa, pero jamás nadie les
quitaría sus libros, ni su imaginación. Y mientras fuese así, Santiago y su
familia siempre tendrían un sitio a donde ir.