viernes, 10 de diciembre de 2010

Nuevo blog

Para aquellos que vean este blog realmente parecido al blog "La segunda estrella de la izquierda" sepan que, como es obvio, se trata del mismo. La razón es que, ya que los ordenadores y yo resultamos llevarnos bastante mal, la cuenta con la que me lo había creado se ha esfumado y, con ella, mi acceso a dicho blog. Así, he tenido que crear "La segunda estrella de la derecha". No sé si alguien se habría percatado ya, pero el nombre que este rincón tenía antes era, sobre todo, por la dirección de ese país al que todos hemos querido ir de niños y al que todavía, cuando vamos viendo los problemas que se van presentando a medida que nos hacemos mayores, queremos viajar e instalarnos una temporada. Pero como sabemos, la estrella en la que se sitúa ese país está a la derecha, no a la izquierda. La razón de este cambio no fue debido a mis problemas de orientación (que los tengo) sino que más bien se trata de un guiño al pie del que aquellos que me conocen saben que cojeo. Pero, para no hacerme un autoplagio en el nombre del blog, he tenido que cambiar este título, que ha pasado a ser el de la verdadera dirección del País de Nunca Jamás. Así, sólo mis entradas tendrán que demostrar ese guiño, aunque mi intención es de que no todas ellas tengan un tinte político, para no aburrir a los pocos lectores que me frecuentan siempre con los mismo temas. También decir a este reducido grupo de personas que si llevaba tiempo sin publicar nada es, en primer lugar, porque no he andado muy sobrada de tiempo y, en segundo lugar, porque si a veces a los buenos escritores se les agota la inspiración, ¿cómo no habría de agotársenos a los malos?. Así, sin más dilación os doy la bienvenida a este nuevo espacio, no sin antes prometeros que haré todo lo que pueda porque pronto podáis leer en él alguna novedad.
Saludos.

El libro de la feria

Como el año pasado, después de recibir el libro de la feria de nuestro querido pueblo, he decidido de nuevo que no podía dejar pasar unos cuantos detalles que dan bastante de sí para escribir una pequeña reflexión.
En primer lugar, he de advertir a los lectores que a partir de ahora vamos a hablar de dicho libro como “La revista” y es que no me caracterizo por ser una persona mentirosa y no llamarlo como tal me parece una mentira que aquellos que estén leyendo esto no se merecen oír.
Pues bien, para empezar a hablar de la revista creo que no debemos pasar por alto la portada. Quedaron atrás los días en los que en ella podíamos ver dibujos como mujeres vestidas de flamenca, toreros, globos y farolillos y otras estampas claramente feriales, resultado del veredicto de un concurso de pintura en el que participaban aquellos virgitanos que deseasen tener la oportunidad de ver su obra en la portada del libro. Quedó atrás para dar lugar a unas fotitos maravillosas de propaganda electoral y es que nuestro equipo de gobierno, muy avispado en esto de la captura de votos ha dicho: “¿para qué vamos a hacer propaganda de nuestro partido cuando toca si la gente entonces no se lee los programas? Mejor lo metemos ahí de extranjis, sin que se note mucho en la revista, que eso la gente lo lee más. Así que, si un año hemos arreglado el Paseo de Cervantes lo ponemos en la portada, que otro hemos levantado medio pueblo haciendo el tráfico caótico durante meses pero luego le hemos dejado unas calles muy cucas, pues lo ponemos también, que la gente las vea y se de cuenta de lo que trabajamos.” ¡Un hurra por nuestros peperos que saben muy bien donde hay que decir las cosas!
Después, en la página 5, nos encontramos con el Saludo de nuestro “excelentísimo alcalde”. Leyéndolo nos damos cuenta de dos cosas. Primera: con la portada no había suficiente propaganda electoral (señores entiéndanlo, que el año que viene hay elecciones). Segunda: si Berja fuera un pueblo de caciques todos seríamos mucho más felices. Que sí, que sí, que es verdad. Si no se lo creen vean el párrafo cuarto de la segunda página. Textualmente dice: “Berja, pues, está experimentando una profunda transformación y está volviendo al esplendor que tuvo hasta hace no demasiadas décadas.” Traducción: Berja, poco a poco se está recuperando de 24 años de gobierno socialista para volver a la esplendorosa época en la que los cuatro caciques rezumaban dinero por las orejas, pero el resto de virgitanos se tenían que deslomar para ganar cuatro perras y si se hacía alguna mejora en el pueblo, claramente era relacionada con las calles o las casas de estos primeros. Y es que en este saludo el alcalde nos dice con todos su afecto a sus queridos virgitanos un montón de cosas super chulas que ha hecho en el pueblo. Lo dice todo muy detallado sin dejarse ni una, total si con dos páginas sobra para decir todo lo que han hecho. Ya que se puede, mejor no dejarse nada. Y también nos habla de la crisis. Es importante que todos sepamos que son verdaderos maestros sacando dinero de donde no hay para hacer mejoras en las calles de nuestro pueblo en tiempos de crisis económica. Es fácil: un poco de plan E por allí, una ayudilla de la Junta de Andalucía por allá y ya está. Muchas plazas monísimas y otras instalaciones de primera necesidad. Otra cosa que nos resalta nuestro primer edil es el trabajo tan maravilloso que están haciendo en Balanegra junto a el equipo de allí. A mí, sin osar a ponerme a su altura ni muchísimo menos, Dios me libre, jamás me atrevería, me gustaría resaltar una de esas cosas. Venga, que me lanzo. ¡El espigón! Una pena que al final resultase ser dinero tirado a la basura a sabiendas de que era ilegal. Pero bueno, oye, que ahí estuvo porque ellos sabían que era muy importante para que la playa no se destruyera, aunque el ministerio les dijera que con él lo único que conseguirían sería erosionar la costa. Había que hacerlo y se hizo y si no que el ministerio no use palabras tan raras, que al final por su culpa ha acabado todo en una imputación para los pobres, que sólo querían el bien para nuestra costa. Así, por todo lo dicho de este saludo y mucho más, ¡un hurra para nuestro excelentísimo don Antonio Torres!
No mucho después, en la página 16 podemos ver la relación de concejales en la que, al igual que en años anteriores, nos volvemos a encontrar con la fácil regla nemotécnica de la que ya hablé entonces. Esa técnica con la que de un fácil vistazo podemos saber a qué partido pertenece cada edil. Para aquellos que no leyeran mi texto del año pasado o bien que no lo recuerden les refrescaré la memoria con las dos sencillas premisas de la regla. Grande: PP. Pequeño: PSOE y PAL. No sé de quién sería esa magnífica idea, pero fuera de quien fuese: ¡Un hurra por él!
A continuación, mezclado con los anuncios de los comercios de la localidad y con alguna que otra fotito en plan mensaje subliminal de las reformas hechas en el pueblo, nos encontramos con la programación para las fiestas.
Y por último, las esperadas fotos, no subliminales, porque se encuentran en una especie de sección sólo para fotos. Aquí tenemos de todo, como una página dedicada a la salida de la vuelta a España de ciclismo. Estas fotos me han hecho recordar lo que nos quiere nuestro equipo de gobierno a todos los virgitanos, pues dijeron: “hay que ver lo bueno que es ver deporte en directo y seguro que en el pueblo hay gente que se lo piensa perder. Para que no cometan tan atroz equivocación vamos a cortar las calles de manera tan caótica que al final se mareen, no sepan por donde salir y se queden a verla”. Y es que nuestros peperos son unos profesionales en esta táctica de distracción, pues también la usaban cuando estaban arreglando las calles de la portada. ¡Ay! Si es que tenemos un alcalde y unos concejales que no nos los merecemos. Y bueno, pues eso, que hay más fotos y las últimas de todas las de la Pantalla Gigante del Paseo. Fíjense, que parece ser que una de las razones por las que ya no se hace allí la feria del Mediodía es porque la gente con la borrachera y demás puede destrozarlo, con lo bonito que está. A mí me daba miedo pensar que a lo mejor cientos de hinchas locos de alegría al ver a su selección ganar el mundial pudieran destrozar algo también. Pero es que nuestros gobernantes pensaron hasta en eso. Dijeron: “vamos a poner una pantalla que no se vea bien. Así, la mitad se tienen que ir y nos quitamos de follones”. Y es que menos mal que hicieron eso porque si no, absolutamente todo el pueblo hubiese estado allí… si no, no hay más que ver la foto que se ve de las calles del pueblo, que se encontraban desiertas por esa razón. Claro que también podría haberse tomado esa foto cualquier día, especialmente en fin de semana o vacaciones, porque, por alguna razón, toda la gente se va del pueblo, oye. Pero bueno, si ellos dicen que la foto la tomaron esa noche, yo los creo, que mentir está muy feo y ellos nunca lo harían. Eso se merece, por lo menos un hurra.
En fin, paisanos, sin más me despido de todos los que hayáis querido dedicar unos minutitos a leer este escrito, deseándoos unas felices fiestas llenas de amor, felicidad y propaganda electoral. Y ya sabéis, HIP HIP...

Las banderas de España

Aún a sabiendas de que este blog no es demasiado frecuentado y que por ello no creo que mucha gente lea estas palabras, el hecho de que España gane el mundial me ha hecho llegar a una serie de reflexiones que quiero plasmar aquí, no tanto por conseguir que la gente las lea, como por evitar que se enquisten, pues si no se puede salir a la calle y gritarlas a los cuatro vientos para que todo el mundo las sepa, ¿qué menos que escribirlas? Lo que a continuación voy a escribir se podría resumir en una sola frase: “Los republicanos también somos españoles” En las últimas semanas, los balcones de las casas españolas se han ido llenando de manera exponencial de banderas rojas y amarillas, a modo de celebración por los partidos que iba ganando nuestra selección y que nos iban acercando cada vez más a ser campeones del mundo. Esto es algo que me parece estupendo. Es la primera vez que “la roja” conseguía llegar hasta lo más alto del fútbol a nivel mundial y todos los españoles nos sentíamos orgullosos de ella. Finalmente, anoche llegó el gran día. Todos, nerviosos vimos ese partido en el que, a pesar del juego sucio holandés y los ataques de ceguera de los árbitros, nuestra selección lo conseguía, se hacía campeona del Mundial. España entera se levantó a celebrarlo y las calles se plagaron de gente que, bien en coche, en moto o andando, enarbolaba su bandera orgullosa de la hazaña de la selección. Pues bien, todo esto es maravilloso, pero mi reflexión se basa en el hecho de que a los republicanos se nos mirara mal por querer hacer lo mismo, pero con la bandera tricolor. Me parece perfecto que la mayoría decidiese animar a España con la bandera roja y gualda, pero aquellos que defendemos la República tenemos derecho a celebrar con nuestra bandera. No digo que debiese colgarse la tricolor de los balcones de los ayuntamientos, ni que los jugadores deberían portarla en sus indumentarias. No nos engañemos, soy consciente de cual es la bandera constitucional y no considero ni muchísimo menos que aquellos que la lleven sean unos “fachas”. Es la última bandera que han votado los españoles y por eso es lógico que fuese la que más se vio ondear anoche. A pesar de ello, la roja amarilla y morada también fue votada por los españoles, para después ser arrancada a tiros, sin ningún consenso ni votación. No quiero parecer ni radical ni exagerada, simplemente, a pesar de que una bandera no es más que un trozo de tela, también denota unas ideas. Muchos Republicanos nos pasamos el año defendiendo los tres colores de nuestra bandera y si no lo hiciésemos ahora, que me perdonen aquellos Republicanos que anoche enarbolasen un color de menos en sus banderas, me parecería hipocresía. Las ideas son siempre las mismas.
Pasando a mi caso personal, anoche, contenta por el resultado del partido que dio la victoria a España, salí con mis amigos a celebrarlo, deseosa de lucir mi bandera en las calles de mi pueblo, pero finalmente decidí no hacerlo, con miedo de que algún despistado pensase que era la holandesa o que otros pensasen que es la de algún país extranjero que, aprovechando la alegría reinante por el Mundial viniese a invadir nuestra adorada España. Por eso, sólo me puse un pequeño pin, para lucir orgullosa los colores de la que para mí y para muchos otros es la bandera de España. Con él, salí con mis amigos, algunos de los cuales portaban banderas rojas y amarillas, a celebrar el Mundial y, cual fue mi sorpresa, cuando algunas personas me preguntaban sorprendidas si, por el hecho de que llevara esos colores clavados en mi camiseta, yo no me había alegrado de que ganase España. Señores, la República no es una secta ni tampoco un país aparte. La República es una forma de Estado y la República Española sería una ESPAÑA en la que no tendríamos que mantener a una familia real, no tendríamos que pagar los vestiditos de las infantas u otros caprichos reales. En lugar de ellos tendríamos un presidente de la República al que habríamos votado o, al menos habríamos tenido la opción de votar y estaría ahí por deseo de los españoles y no por ser “hijo de”. Así, lo único que quiero es decir a aquellos que lo lean y, si no, a todos los que se lo estoy diciendo en silencio mientras escribo estas palabras, que yo también soy española, también he celebrado todos y cada uno de los goles de nuestra selección y he insultado al árbitro como cualquier otro español y que sí, la bandera que luzco para celebrarlo no es constitucional, pero hubo un día en que lo fue, mientras que cierta bandera presidida por un aguilucho de cabeza doble nunca lo fue y ha sido mucho más aceptada en estos días. Medítenlo.

Un caso complicado

Ricardo trabajaba como abogado en un bufete de esos en los que los escrúpulos parecen no existir. Cada mañana se levantaba consciente de que al llegar al despacho posiblemente tendría que defender a un asesino, un político corrupto o cualquier tipo de delincuente de esos a los que les faltan la vergüenza y la dignidad, pero les sobra el dinero. No todos los abogados eran capaces de hacer lo que él hacía. Algunos saltaban con remilgos a la primera de cambio, negándose a defender a aquellos que sobrepasaban sus principios. Ricardo siempre sintió lástima por aquellos compañeros. Preferían malvivir con un sueldo de mierda a vivir montados en el dólar, como lo hacía él. Simplemente preferían vivir así porque no se sentían con la capacidad moral de defender a ciertas personas en un juicio. A él le daba igual. Lo importante era como de llenos tuviesen los bolsillos. Lo demás a él no le importaba.
Esa mañana estaba sentado frente a su escritorio ojeando el periódico mientras apuraba el café de máquina que se acababa de preparar, cuando su jefe tocó a la puerta de su despacho.
-Ricardo- empezó a hablar después de entrar sin saludar-. Se nos ha presentado un caso complicado y quiero que lo defiendas tú.
-¿De qué se trata, Manuel?- preguntó éste intrigado mientras observaba como su jefe se sentaba frente a él.
-Es un cura- fue la corta contestación de Manuel.
-¿Un cura?- se sorprendió Ricardo-. No suelen venir muchos de esos por aquí. ¿Y de qué lo acusan si puede saberse?
-De pederastia. Por lo visto dicen que ha abusado de no sé cuantos monaguillos.
-¿Y tú crees que es cierto?- se interesó Ricardo.
-Posiblemente. Por eso quiero que lo defiendas tú. Estoy seguro de que eres el que mejor puede hacerlo. Espero que estés a la altura de mis expectativas.
-Claro que lo estaré- contestó Ricardo orgulloso por la confianza que su jefe depositaba en él-. Necesito su historial y todo eso.
-Aquí lo tienes- dijo Manuel tendiéndole una carpeta-. Llámalo cuando lo leas para que venga a hablar contigo. No me decepciones, Ricardo.
-No lo haré, señor. Gracias.
Dicho esto Manuel se dio la vuelta y salió del despacho cerrando de un portazo. Siempre era así, el ejemplo a seguir de Ricardo. Un hombre seco, incapaz de sonreír por algo que no fuese un fajo de billetes sobre su mesa. Sin embargo para él era casi como un padre. Ricardo no había tenido mucha suerte en la vida. Había estado en un orfanato de pequeño. No recordaba nada de esa época de su vida, pues, a la edad de tres años, fue dado en adopción a una familia de la que no recibió más que palizas y gritos. A veces él los entendía. Siempre fue un niño rarito. Con una imaginación demasiado fértil. Solía soñar despierto hasta el punto de creerse él mismo sus mentiras. Le gustaba inventar historias de miedo y, a veces, cuando dormía se le aparecían los monstruos que él mismo había creado para sus cuentos de terror. Por esa razón, estuvo orinándose en la cama casi hasta los diez años. A pesar de todo eso sacaba muy buenas notas, posiblemente por las ganas que tenía de acabar el instituto para poder salir de casa e ir a la universidad. Cuando lo hizo tuvo muy claro que quería estudiar derecho. A lo largo de toda su vida había adquirido una capacidad para defender lo indefendible cuando alguien le regañaba que pensó que podría servirle en un futuro. Y así fue. Tras cinco años de carrera se convirtió en un brillante abogado. Muy pronto empezó a ganar no solo ingentes cantidades de dinero, sino también algo mucho más importante: el reconocimiento de sus colegas de profesión. A pesar de todo esto, sus padres adoptivos seguían sin quererlo. Una vez que se hubo emancipado parecía que se hubiesen olvidado de él. Sólo lo llamaban cuando necesitaban dinero, momento en el que Ricardo se sentía en el deber de ayudarles, aunque sólo fuera por haberle dado de comer cuando era pequeño. Aunque es cierto que a veces Ricardo echaba de menos tener a alguien que se preocupara por él no añoraba demasiado la presencia de sus padres y consiguió acostumbrarse bastante bien a la soledad. No necesitaba a nadie, pues no le importaba a nadie y todo siguió así hasta que un día recibió una llamada de teléfono que le cambiaría la vida. Resultó ser el jefe de un bufete de abogados que había oído hablar de él y quería tenerlo dentro de su plantilla. Le informó de que si iba a trabajar para él tendría que guardarse sus escrúpulos, pues tendría que defender a cualquiera y, que si lo hacía bien, la recompensa económica valdría la pena. Ricardo no tardó en aceptar. La propuesta sonaba pero que muy bien y hacía mucho tiempo que él había perdido los escrúpulos. Así fue como empezó a trabajar para ese hombre. Desde entonces Manuel se había convertido en lo más parecido a un padre que hubiese tenido jamás. Dentro de su frialdad, era capaz de ver cuando tenía que apoyar la mano en su hombro, sin decir nada, o cuando invitarlo a tomar una copa en la que ahogar las penas. Por todo eso no podía decepcionarlo con el caso del cura.
Estuvo toda la mañana leyendo el informe. El sujeto se llamaba Enmanuel. Era el párroco de un pueblo cercano al suyo al que habían denunciado los padres de cuatro niños que habían servido como monaguillos en su parroquia. El hombre se empeñaba en negarlo, pero los niños, cuyas edades oscilaban entre los cinco y los doce años contaban con pelos y señales historias similares, que resultaban ser bastante escalofriantes, tratándose de niños indefensos.
-Menudo canalla- dijo Ricardo para sí-. Pero el trabajo es el trabajo.
A las tres paró para comer. Tomó un bocadillo rápido en el bar de al lado y antes de volver al bufete llamó a Marcela. Marcela era una antigua compañera de facultad. Una verdadera lumbrera que después de derecho había decidido estudiar psicología, para acabar ejerciendo como comercial, debido a su asombrosa capacidad para convencer a la gente. Nunca habían mantenido una relación seria, pero se entendían bastante bien. Sobre todo en la cama. En general Ricardo nunca había sido capaz de mantener una relación seria con una mujer. La mayoría de ellas lo veían como un ser despiadado capaz de defender al diablo por un poco de dinero. Además, también tenía bastantes problemas con ellas a la hora de mantener relaciones sexuales. Nunca supo realmente a qué se debía, pero, a veces, cuando estaba con una mujer, no necesariamente en la cama, puede que simplemente con un beso, de repente sentía la necesidad de parar, como si estuviese haciendo algo malo. Intentaba refrenar ese sentimiento, pero acababa saliendo huyendo. Marcela era la única a la que parecía que eso no le importaba. No le pasaba siempre, por lo que se limitaba a disfrutar de los momentos en que no ocurría. Después de quedar con ella volvió al despacho. Pasó toda la tarde leyendo sobre casos de pederastia e informándose sobre el caso concreto de don Enmanuel.
A las ocho decidió dejarlo por el momento. Cerró la carpeta en la que se encontraba el expediente del cura y la guardó el maletín. Después bajó al aparcamiento del edificio y cogió el coche para conducir rumbo a casa. Cuando llegó preparó una cena para dos y se sentó a escuchar música mientras llegaba Marcela. No tuvo que esperar mucho, pues una de las muchas cualidades de su amiga era la puntualidad. Cuando llegó todo transcurrió como lo hacía siempre que quedaban. Cenaron recordando entre risas las viejas anécdotas de la universidad, para después brindar con champán escuchando música clásica en el sofá. No tardaron mucho en seguir el habitual ritual de empezar a besarse, cada vez con más pasión, para más tarde acabar en la cama. Ni Marcela ni Ricardo estaban casados. Ambos eran personas complicadas, con dificultades para encontrar pareja. No estaban enamorados el uno del otro ni confiaban en poder estarlo nunca, pero no se sentían culpables por mantener estos encuentros. Al fin y al cabo era mejor así. Si hubiesen querido algo más hubiese sido más difícil. Pero esa noche sí que fue realmente difícil. Ni siquiera habían empezado a mantener relaciones cuando Ricardo empezó a temblar convulsivamente. No era la primera vez que sentía terror repentino, pero esa vez Marcela notaba que le pasaba algo más. Miraba a la pared de enfrente como si alguien que le daba mucho miedo estuviese allí y se tapaba la cara con las manos en un intento pueril de esconderse de quien quiera que fuese que se estaba imaginando que quería hacerle daño. Por suerte, apenas Marcela lo abrazó y le susurró unas cuantas palabras tranquilizadoras al oído, como si fuese una madre intentando consolar a su hijo pequeño, se relajó bastante.
-Lo siento- le dijo Ricardo a Marcela encendiéndose un cigarro.
-No tienes que pedir disculpas- lo tranquilizó ella.
-Es que ha sido todo tan raro… creí verlo- afirmó con la mirada perdida.
-¿A quién?
-A uno de los personajes de las historias de miedo que inventé de pequeño.
-Eso no es más que ficción, Ricardo.
-Lo sé, lo sé. Pero es que era muy real… estaba ahí frente a mí, con su túnica negra, diciéndome que lo siguiera.
-¿Pero qué personaje era ese?- se interesó finalmente ella.
-Se llamaba Edmundo. Llevaba una túnica larga negra y secuestraba a niños con la excusa de enseñarles un cuarto enorme lleno de juguetes. Luego los niños volvían mudos e incapaces de contar lo que les había ocurrido.
-Ricardo, ¿alguna vez te has parado a pensar si todos tus miedos pueden estar debidos a un trauma de la infancia? Tú mismo lo estás diciendo. Se te aparece un personaje que tú mismo inventaste cuando eras pequeño. ¿Tuviste alguna experiencia traumática? ¿En el orfanato quizás?
-Lo he pensado a veces. Pero ni siquiera recuerdo mi vida en el orfanato. Era muy pequeño. No creo que tenga que ver.
-Pues yo pienso que sí- le dijo ella quitándole el cigarro para darle una calada- y aquí la psicóloga soy yo, así que tú verás. Yo pienso que deberías volver a tu orfanato. A ver si te viene algo a la mente. O también hablar con tus padres adoptivos.
Ricardo estuvo pensándoselo un rato.
-Lo de mis padres adoptivos ni hablar- dijo finalmente-. Llevo años sin verlos. Les paso dinero casi todos los meses y no me han hecho ni una llamada para agradecérmelo. No voy a ir ahora a hablar con ellos como si fuésemos una familia feliz. Lo del orfanato… no sé… quizás…
-Si quieres puedo acompañarte- se ofreció ella.
-No. Prefiero hacerlo solo. Voy a llamar a Manuel para decirle que estoy enfermo. Iré mañana mismo.
Dicho esto cogió el teléfono y dio a Manuel un par de excusas. Sabía perfectamente que, aunque parecía creérselas realmente no lo estaba haciendo, pero que le tenía demasiado aprecio como para negárselo y tenía demasiado orgullo como para dejarlo ir sin una excusa relativamente convincente.
Cuando se terminaron el cigarro Marcela se fue a su casa, rechazando el ofrecimiento de Ricardo de quedarse a dormir. Sabía perfectamente que aunque le decía que se quedara prefería estar solo, por lo que se marchó.
A la mañana siguiente Ricardo se levantó temprano y partió hacia el orfanato donde había pasado los tres primeros años de su vida.
Una vez allí, preguntó por la Madre Remedios, que era la directora del centro cuando él se encontraba allí.
A pesar de los años, la monja seguía siendo una mujer vital con unos ojos muy vivos. Lo recibió con un amago de sonrisa y escuchó su presentación en silencio, pero cuando Ricardo le contó el motivo de su visita pareció ponerse nerviosa. Intranquila miró a los lados y, al percatarse de la presencia de una de las limpiadoras, que limpiaba callada el polvo de las estanterías la echó de la estancia con no demasiada educación.
-No sé a qué trauma puede referirse- le contestó fríamente-. Durante su estancia aquí no ocurrió nada raro y muchísimo menos traumático, así que creo que se ha equivocado de sitio al venir aquí.
Dicho esto, lo saludó cortésmente y le dijo que tenía que volver a sus quehaceres, invitándole amablemente a irse.
Ricardo obedeció y salió de la habitación preguntándose como había podido ser tan tonto de pensar que iba a encontrar algo allí. Estaba sumido en esos pensamientos cuando oyó una voz que lo llamaba. Se volvió y vio a la limpiadora a la que la madre superiora acababa de echar del despacho. Al ver que la miraba ésta le hizo una señal para que se acercara.
-Es usted Ricardo Expósito, ¿verdad?- le dijo casi en un susurro cuando lo tuvo a su lado.
-Sí- contestó él extrañado.
-Ella le ha mentido- le dijo simplemente la mujer.
-¿Qué?
-Infórmese sobre el padre Enmanuel… Él es el responsable de lo que le pasa.
-¿Enmanuel? ¿Enmanuel qué más?
Pero la mujer ya se había ido.
En el coche de vuelta a casa Ricardo no paraba de pensar en lo que esa mujer le había dicho. Enmanuel. Era mucha casualidad que dos curas se llamasen igual, pero, si era ese al que tenía que defender, ¿qué tenía que ver con él? Finalmente llegó a la conclusión de que lo mejor era quedar con él. Así, paró a un lado de la carretera y cogió el móvil para citarlo al día siguiente en su despacho.
Al día siguiente, apenas habían pasado un par de minutos de la hora a la que había quedado con Enmanuel cuando alguien tocó a la puerta.
-Adelante- dijo Ricardo.
Enmanuel era un hombre muy alto, con el pelo asombrosamente negro, a pesar de su edad. Vestía pantalón gris, camisa negra y alzacuellos, aunque Ricardo lo encontraba raro así, no sabría decir por qué.
Después del apretón de manos de cortesía lo invitó a sentarse y empezó a hacerle las preguntas de rigor. Enmanuel lógicamente negaba todos los cargos de los que se le acusaba. Su voz resultaba inquietante. Apenas un susurro, pero claramente marcado por los años y años de tabaco. Después de las cuestiones pertinentes Ricardo no pudo aguantar más y lanzó la pregunta que llevaba queriendo hacerle tanto rato. Por alguna razón, se vio a sí mismo lanzándola de una manera diferente a como lo había supuesto.
-Aquí en su historial pone que usted visitó como párroco un orfanato llamado San Gabriel. ¿Es cierto?
A Enmanuel pareció sorprenderle la pregunta, pero contestó de manera afirmativa. En ese momento Ricardo empezó a ponerse muy nervioso. Le temblaba el pulso y no paraba de sudar. Se sentía como la noche anterior, cuando vio al personaje de sus historias de miedo, pero esta vez era diferente. Podía verlo, pero no como la otra noche. Esta vez estaba sentado frente a él y no llevaba la larga sotana negra que solía llevar, sino pantalón gris, camisa negra y alzacuellos. Entonces recordó. Vio como Enmanuel entraba en el cuarto de un niño pequeño y se metía en su cama, obligándole a hacer cosas que posteriormente él mismo se obligaría a olvidar. Vio a ese niño llorar desconsoladamente en el despacho de la madre superiora, que le castigaba por mentir e inventar historias de miedo. Vio los ojos asustados de ese niño, y ese niño era él.
No necesitó nada más. Enmanuel iría a juicio y negaría haberle destrozado la vida a niños inocentes. Lo negaría como lo habían negado tantos como él a lo largo de la historia y lo haría convencido de que todo el mundo miraría a otro lado, pues él permanecía a esa institución incapaz de hacer el mal. Esa institución que mantiene a sus borregos temerosos del castigo eterno si hacen aquello que muchos de ellos no tienen reparos en hacer. Iría a juicio y Ricardo estaría allí. Por primera vez, disfrutaría haciendo mal su trabajo.