Últimamente he pensado mucho en
la situación en la que nos encontramos actualmente los jóvenes españoles. Pensé escribir una entrada sobre las
posibilidades de trabajo que tenemos, pero como está feo subir un post en
blanco he decidido enfocarlo de otra manera. Por ello he rememorado todo lo que
se nos pasa por la cabeza a lo largo de los años, concretamente lo que se me
pasó a mí.
Acabas el instituto y empiezas la
carrera. "5 años de carrera", piensas. "Se me harán
eternos". Sin embargo te consuelas pensando que lo pasarás muy bien y que
después, nada más salir, tendrás trabajo. Te imaginas seis años después,
viajando por todo el mundo, forrada de dinero y dándote un merecido descanso
después de un año trabajando en una empresa de renombre que te llamó nada más
acabar la carrera para decirte que ardían en deseos de contratarte. Luego te veías a ti misma a los cinco años de
acabar. Cinco años trabajando en esa empresa dan para mucho, así que ya vives
en un chalé en uno de esos barrios pijos donde todo el mundo tiene cine y
gimnasio en casa. Tendrás un cochazo y un perro. Pero con pedigrí, que la
mayoría salen tontos, pero visten muchísimo.
Además, si tus dieciocho años no
eran suficientes para alimentar tu ego, tenías a todos tus seres queridos
diciéndote: "Esa carrera que vas a hacer tiene muchísima salida".
"Sí", contestabas tú toda orgullo. "Además lleva pocos años y se
ha creado a demanda, porque hacía falta, así que debe ser fácil colocarse
después". Esa retahíla que te habías aprendido y que le soltabas a todo el
mundo con emoción hacía que empezaras la carrera llena de ilusiones.
Y así llega el primer día de
carrera. Te levantas muerta de sueño porque no has podido pegar ojo, con una
mezcla de ilusión y nervios por la nueva vida que vas a empezar. Empiezan a
pasar los días y descubres que, realmente, no necesitas la vida que te habías
imaginado. Los sueños comienzan a transformarse y descubres que, lo único que
quieres, es vivir de la ciencia, pues no hay nada más maravilloso que dedicarte
a lo que más te gusta en el mundo. Vas profundizando más en la carrera,
descubriendo las partes que más te gustan y conociendo a gente interesante que
te hace tener una visión más abierta en muchos aspectos. Ya no quieres vivir en
un chalé con un perrito de raza. Ahora te imaginas algo más plausible: un piso
compartido al más puro estilo Friends. Eso
sí, al igual que ellos, con trabajo y sin penurias.
Y de este modo pasan los años
universitarios en forma de exámenes, trabajos, fiestas y nuevos amigos y llega
el día de la graduación. El día en el que haces un repaso mental a todo lo que
os acabo de contar. De repente eres consciente de la realidad. Vivimos en un
país en el que soñar con todo eso es imposible. Un país que parece que nos la
tiene jurada a los jóvenes por algún error que debimos cometer en otra vida o
algo. Los que hemos conseguido estudiar lo tenemos muy negro para trabajar en
España y, si lo conseguimos, es por un sueldo de mierda con el que nos tenemos
que conformar porque es, o eso, o nada. Y para colmo ahora directamente nos
reducen las posibilidades de estudiar subiendo las tasas de matriculación y
endureciendo los requisitos para conseguir una beca. Por otro lado, mundo sí
que podemos recorrer, pero no de vacaciones, sino en busca de trabajo y a la desesperada.
Vamos, que cuando acabas la carrera y eres consciente de esto de repente dices:
"No pasa nada. Hago un máster, me especializo en lo que más me gusta y
mientras seguro que se levanta el país". Y es que, amigos, la esperanza
nos convierte en los más inocentes de los mortales. Así hice yo, hice un
máster, el cual acabo de terminar, aún más enamorada de la ciencia de lo que
estaba, pero con las mismas posibilidades de trabajo que al principio. Entonces
viene la impotencia de pensar en la preparación que tienes, el dinero y el
trabajo que les ha costado a tus padres llegar hasta allí y lo poco que puedes
recompensarlos por ello. Tus amigos empiezan a irse al extranjero y tú te
preguntas por qué no te vas también, pero decides esperar. Esperar a que, algún
día, se valore en este país lo que muchísimos jóvenes somos capaces de ofrecer,
algo que tantísimos otros países han sabido valorar ya.
Y esta es la historia de un joven
español en la actualidad. No penséis que estoy anclada en el pasado por lo que
voy a decir, pero si muchos de los que años atrás dieron la vida por hacer de
España un país mejor vieran en lo que nos hemos convertido se darían de
cabezazos en sus tumbas, porque, no os engañéis, señores, aunque parezcamos
super modernos y sofisticados seguimos siendo el culo de Europa.
Por último, antes de despedirme,
quisiera lanzar un mensaje a nuestro presidente del gobierno y otro a los jóvenes españoles.
Señor Rajoy, piense en nosotros.
Usted algún día debió de ser joven. Y sí, es cierto que usted eligió el camino
de la política y que nadie nos prohíbe ganarnos la vida así,
pero la mayoría de nosotros somos honrados, no sabríamos cómo hacerlo. Por eso
le pedimos que nos deje trabajar. Y ya no sólo eso. Déjenos también estudiar. No
permita que sólo estudien los ricos, porque que sólo estudien las razas de
pedigrí implica ciertos problemas, ya lo dije anteriormente.
Por último, a los jóvenes
decirles que es importante que mantengan los pies en el suelo, pero que sigan
luchando por sus sueños. Que un chalé puede convertirse en un piso de alquiler,
un cochazo en un cochecito de segunda mano y un perro de pedigrí en un chucho
adorable, pero siguen siendo sueños. Y soñar es lo único por lo que aún no nos
cobran en este país.
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